miércoles, 29 de julio de 2026

 

El nuevo consumo artístico: exclusividad, divulgación, banalización

Blanca González Rosas / 27 julio 2026 / Reflexión

Convertida en un medio para detonar experiencias de entretenimiento presencial, la obra de arte se diluye en la simulación de su accesibilidad.

                    

En el contexto del arte contemporáneo, es cada vez más evidente la intrascendencia  que tiene el protagonismo de las obras de arte como una unidad creativa. Sustituido por la experiencialidad que provoca el entorno, el protagonismo se ha diluido provocando tanto la proliferación de propuestas que   carecen de valores artísticos, como la utilización de las obras como pretexto para detonar vivencias experienciales.

Los modelos de consumo del arte contemporáneo han cambiado. La admiración social por el mercado, la indefinición de los valores artísticos, el afán por hacer “accesible” la obra de arte y el impacto de la cultura digital,  son a la vez circunstancias y causas de este cambio.  Asistir a ferias, enterarse de la existencia de galerías, utilizar las obras para adornar eventos ordinarios o como escenografía para tomarse fotos o como pretexto para detonar convivencias,  son prácticas comunes en las que comprender y cuestionar el sentido de las obras no está inculido.  

En este escenario, el poder artístico no está ni en los creadores ni en los consumidores, está en las estrategias mercadológicas de la mediación.

 

Exclusividad. Divulgación. Banalización

¿Qué valores definen la identidad de una obra de arte?  ¿Cuáles son las características que diferencian tanto la sobreproducción visual como la jerarquización estética en las ferias de arte? ¿Por qué las tiendas que venden arte se llaman galerías, en qué se diferencian de una simple tienda?

Cuando las obras son producto de un proceso creativo en el que el pensamiento define el concepto y la habilidad manual se ubica sólo como una herramienta para lograr el objetivo artístico, las propuestas se distinguen por la  riqueza de su complejidad. Para consumirlas en su significado -no como mercancías-, es indispensable conocerlas y no sólo mirarlas. La accesibilidad del arte no se encuentra en su divulgación, radica en su conocimiento. En la posibilidad de apropiarse de su significado disfrutando las obras, pensándolas, cuestionándolas.  

          Con base en su identidad, el arte sí es -o debería ser- un producto cultural exclusivo, diferente, distinguible. Un producto especial que tiene el poder de provocar experiencias holísticas.  Y precisamente por esa identidad simbólica que lo caracteriza, el arte contemporáneo ha sido engullido por el mercado convirtiéndolo en un objeto de lujo para consumidores de lujo o, como señala la mercadotecnia de estos productos, para consumidores aspiracionales del lujo de otros. (Al respecto, ver en este blog  el texto correspondiente al 2 de julio)

          Diluida en las experiencias que genera su mercado, la obra de arte ya no es el protagonista principal para divulgar. El protagonista es la experiencialidad alrededor de su mercado.  Y como el arte contemporáneo existe en la indefinición de su identidad, en la divulgación todos los mercados y las firmas que venden se perciben con el mismo valor artístico.

          La democratización del arte es diferente a su divulgación. Se basa en la comprensión de los significados del arte compartidos con todo publico. La democratización implica accesibilidad.  La divulgación implica banalización. 

           La divulgación del mercado del arte contemporáneo es una actividad que merece atención. Desde una perspectiva positiva, ha generado un modelo de negocio que se centra en la mediación. Y si bien en redes se difunden eventos como visitas a estudios de artistas y recorridos galerísticos,  no se tiene todavía información sobre el impacto económico que tienen estas actividades en la venta de obras y en el beneficio para artistas y galeristas.   

          Desde una perspectiva negativa, la divulgación centrada en la experiencialidad ha debilitado la relación entre los espectadores y las obras.   Los consumidores de lujo adquieren las obras. Los consumidores turísticos adquieren una experiencia efímera en la que el contenedor es muchas veces más importante que el contenido. 

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