Arte y fútbol, ¿una misma emoción?
Blanca González Rosas / 21 junio 2026 / Museos
Sin la subordinación al evento mundialista, las obras emergen imponiendo una identidad artística que utiliza al fútbol como metáfora, no como tema.
Aun cuando es una práctica común, la utilización del arte como un medio para acompañar, apoyar o adornar espectáculos no artísticos conlleva el riesgo de alterar o diluir la identidad de las obras exhibidas. El contexto sí influye en la percepción y, en el caso de la exposición Fútbol y Arte, esa misma emoción, algunas obras son tan relevantes que no merecen estar subordinadas temáticamente a un evento futbolístico.
Ahora
que ya terminó el Mundial de Fútbol, quedan algunos días -hasta el próximo
domingo 26 de julio- para disfrutar una exposición que destaca por la audacia del
concepto curatorial de Guillermo Santamarina. Centrado en el “cosmos” que genera
el futbol, el concepto permite la inclusión de piezas que no se concentran en
el futbol como tema: lo utilizan para registrar
y denunciar circunstancias sociales que, en su mayoría, develan relaciones de
poder de la sociedad contemporánea, tanto en el ámbito local como en el
global. La selección autoral también es sugerente, ya
que integra firmas nacionales e internacionales de jerarquías artísticas que abarcan
desde artistas emergentes hasta creadores de consolidado prestigio en el
mainstream. Con excepción de la pieza Dechado de impedimentos de la
mexicana Sofía Echeverri, lo más interesante del conjunto se encuentra en las
obras no comisionadas o realizadas antes de 2025.
De especial importancia por haber sido
propuestas pioneras en los lenguajes postconceptuales noventeros y todavía con
la presencia de poéticas apropiacionistas posmodernas, las obras de Maurizio
Cattelan (Italia, 1960) y Wim Delvoye (Bélgica, 1965) destacan en el conjunto. De
este último, se presenta una de las porterías que realizó cuando era un artista
emergente de 25 años. Perteneciente a la serie Goal (Gol) que produjo de
1989 a 1992, la pieza -igual que las otras 11 que constituyen la serie-, está
estructurada a partir de la hibridación de códigos estéticos de jerarquías opuestas:
la sofisticación de las vidrieras medievales, el lenguaje y la temática costumbrista
de la pintura barroca holandesa, y la popularidad del fútbol. Constituida como una portería que sustituye
las redes por una estructura de vidrio emplomado que evoca a las iglesias góticas,
la pieza sugiere tanto el culto al juego del fútbol como el absurdo paradójico
de anotar un gol: una jugada que en su éxito llevaría implícita la destrucción
de la portería. Y en el plano frontal, al representar una escena en la que se
cocina pan en un espacio doméstico con algunos elementos kitsch -un corazón
tallado en una silla, molinos de viento en el exterior-, la obra denominada Finale II sugiere que
el fútbol es un espectáculo que funciona como “pan y circo” para la sociedad.
Wim Delboye, Finale II, 1990, (Serie Goals), vidriera, metal y pitura esmaltada, 200x300x100 cm. (Imagen tomada de la web del artista)
El futbolito para 22 jugadores es
otra pieza interesante y emblemática de los años noventa. Creado por Maurizio
Cattelan en 1991, el objeto es el pretexto para plantear la problemática de la
inmigración y xenofobia que existía en esos años en Italia. Con el título de Stadio,
la pieza de aproximadamente 6 metros de largo se presentó el mismo año de su
creación en la Galería de Arte Moderno de Bologna (ahora Museo de Arte Moderno),
en donde se completó con un juego entre dos equipos, uno de europeos y otro de
inmigrantes del sur global que portaba el nombre de A.C. Southern Supplies
(A.C. Suministros del Sur). Como todas las obras de Cattelan, la ironía y la
crítica se fusionan en un juego de valores que se completa en el contexto donde
se presenta la pieza -como su edición de tres plátanos pegados a la pared exhibidos
y vendidos en Art Basel Miami-.
La crítica a las relaciones de poder económico y racista de la FIFA
(Federación Internacional de Fútbol Asociación) se plantea en un sutil y contundente
ensamblado textil de Hassen Musa (Sudán 1951). Perteneciente a la serie de
cinco piezas Jacobo luchando con el ángel realizada aproximadamente
entre 2008 y 2010, la pieza reinterpreta la imagen del famoso mural pintado por
Delacroix entre 1857 y 1861 en la iglesia de San Sulpicio, en Paris.
Centrada en el muy merecido rescate de las mujeres que integraron la exitosa Selección Mexicana Femenil que participó en los Mundiales de Futbol Femenil celebrados en 1970 en Italia y en 1971 en México, el Dechado de impedimentos de Sofía Echeverri trasciende el simple registro de los sucesos. Diferente del trabajo pictórico que la caracteriza y, sin embargo, emparentado en su poética por la elegante sutileza de la propuesta, la obra de Echeverri es una instalación a pared que tiene como protagonista un conjunto de 16 carpetas textiles bordadas con frases que, escritas con la letra de cada futbolista, develan recuerdos y pensamientos actuales de las jugadoras. Son las típicas carpetas domésticas de algodón, con bordados y tejidos virtuosos -dechados-, que adornaban y protegían muebles y charolas de servicio en los años cincuenta. Exenta de toda cursilería y repleta de mensajes simbólicos, la pieza devela los impedimentos culturales e institucionales que vivieron las futbolistas.
En el rubro de la fotografía, al margen de la documentación de futbolistas y vivencias domésticas ante la emoción de un partido, hay dos piezas especiales. El Niño Dios Tacuba de Francisco Mata Rosas y un paisaje ruinoso y neoromántico de Graciela Iturbide. Realizada en 1998, la fotografía de Mata presenta al típico Niño Dios que se celebra el 2 de febrero sentado en su trono y vestido con el uniforme de la Selección Nacional. Rodeado de objetos que sintetizan la ingenua afectividad de la religiosidad popular en México, la imagen hibrida la estética doméstica con la devoción tanto a la divinidad como al fútbol. Con una poética silenciosa y neoromántica, el fragmento de una portería captada en 2007 por Graciela Iturbide en algún lugar de Roma, evoca la nostalgia de la ruina y el abandono.
Y por último, la perversa ambición
económica que rodea al fútbol. Representada por el pintor Rodolfo de Florencia (México,
1968) a través de obras que remiten a un cartel que anuncia la vienta de
piernas de distintos futbolistas -incluyendo el precio pagado-, la Serie
Jugador Estrella realizada en 2002 evidencia
una identidad vergonzosa y absurda del cosmos del fútbol.
Integrada aproximadamente por 100 obras
de 60 artistas que en su mayoría son una sorpresa que provoca la reflexión, Fútbol
y Arte. Esa misma emoción, es un proyecto que evidencia la excelencia
profesional de un curador que no se limita ni a la descripción temática ni al
acotamiento convencional de trayectorias artísticas. Sin embargo y a pesar de
su excelente muestra, eso de que el fútbol y el arte es una misma emoción, es sumamente
cuestionable.








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