Ver para mirar, y no para admirar
Blanca González Rosas / 21 de diciembre 2025
¿Ya vieron la muestra de pintura abstracta en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México (MAM)? Aunque su curaduría no responde al profesionalismo de una exposición museística, el encuentro con las obras, la identificación del acervo de museos del Instituto Nacional de Bella Artes y Literatura (INBAL), y el re-conocimiento del inicio y primer desarrollo de la pintura abstracta en México, justifican una visita al recinto.
Al margen de las imprecisiones curatoriales que abarcan fechas y generalización de planteamientos sin presentar una “revisión” como señala la cédula introductoria, La aparición de lo invisible. Arte no figurativo en México, 1948-1978, es una oportunidad para recordar y disfrutar la excelencia pictórica que existe en nuestro país.
Integrada con piezas realizadas entre
1943 y 1979 por aproximadamente 30 creadores, la exhibición detona el interés por ubicar y
comprender, desde una perspectiva contemporánea, las aportaciones artísticas y
estéticas de las firmas representadas. Establecer la relación que tuvo cada
artista con la abstracción europea, identificar coincidencias generacionales, y
analizar el desarrollo de los lenguajes mexicanos asumiendo la aceptación privada
-no institucional- que tuvieron las estéticas abstractas desde los años
cincuenta, permitiría apreciar las obras no sólo por su impacto visual sino,
también, por su significado artístico y social.
Organizada a partir de tres conceptos que se plantean como “inherentes” a
la obra de todos los participantes, el diseño curatorial los clasifica en tres
ejes: “la búsqueda de una raíz abstracta en el pasado prehispánico, el
desdibujamientos de las fronteras geográficas y temporales en el arte no
figurativo, y la relación de los artistas con el presente en crisis”. Emplazada
museográficamente “sin una linealidad determinada”, la exhibición amalgama a
todos los participantes sin distinguir generaciones, poéticas y fechas de
realización de las obras. Y en lo que concierne al período planteado, los
textos de sala no informan sobre los criterios que sustentan el lapso de 1948 a
1978.
Innovadores en la década de los años cincuenta, legitimados y con demanda comercial en los sesentas e institucionalizados en los setenta, los lenguajes de abstracción pictórica fueron diversos y en constante transformación. En la exposición, los años cincuenta están representados con obras de Gunther Gerzso -paisajes aéreos con saturación de elementos geométricos-, Alice Rahon -paisajes flotantes de atmósferas fantásticas-, Mathias Goeritz -signos y referencias primitivistas-, Wolfgang Paalen -con un paisaje que remite al informalista alemán Ernst Wilhelm Nay y al francés Jean Bazaine-, y Juan Soriano quien sobresale con una composición que alterna la sutileza del color con el dinamismo de las formas.
El conjunto realizado en los años sesenta es el más numeroso. Producidas por artistas que entonces eran de trayectoria joven -con excepción de Rufino Tamayo-, las obras sintetizan la diversidad que tuvieron las expresiones abstractas en esa década: la figuración desenfocada y diluida en el color de Rufino Tamayo, las texturas esgrafiadas de Antonio Peláez, las composiciones en tonos vigorosos que alternan formas orgánicas con referencias semigeométricas de Gabriel Ramírez y Aceves Navarro, el protagonismo lineal de Kasuya Sakai, las exploraciones de Enrique Echeverría que delatan cierto dialogo con Nicolas de Staël, las poéticas en planos de referencia constructiva de Fernando García Ponce, la estética tecno-surrealista de Brian Nissen, las atmósferas en movimiento de Antonio Ramírez, y los planos monocromáticos delimitados y en distintas texturas de Antonio Rodríguez Luna son algunos de los lenguajes.
Gabriel Ramírez, Visión cotidiana de una araña, 1966, óleo sobre tela.
Antonio Peláez, La cápsula errante, 1966, óleo sobre tela.
Sobresalientes por su pro puesta y no por su género, destacan Lilia
Carrillo con la sutileza etérea de sus atmósferas cromáticas, Cordelia Urueta
con las oscuridades luminosas de tonos brillantes, Helen Escobedo con una
escultura que conjuga volúmenes geométricos con intervenciones orgánicas,
Águeda Lozano con una pieza elegante y sobria que corta el monocromatismo de
los blancos con un un punzante tono terroso y, por último, dos artistas que
sorprenden por la relación entre la calidad de sus pinturas y el cambio rotundo
de su devenir creativo: Marta Palau con una interesante composición que alterna
textura y geometría en planos de gran presencia monocromática, y Beatriz Zamora
con una espléndida pieza que fusiona la energía
de las formas orgánicas con la vitalidad de tonos en azul, rojo, blanco y
negro.
Marta Palau, Salón Independiente 1969, óleo sobre tela.
Y si bien de Beatriz Zamora no se exhiben en el museo piezas de sus tradicionales monocromáticos en negro, de Marta Palau, en la muestra emplazada en primer piso bajo el título “La Colección”, se encuentra una de sus atractivas instalaciones escultóricas realizadas con hojas de maíz.
El predominio del contexto en la percepción del arte ha derivado en la
devaluación artística y comercial de autores mexicanos que no están representados
en galerías feriales. Re-conocer y re-valorar las firmas de primer nivel, es un
compromiso que empieza mirando las obras. En las ferias no se miran, sólo se
admiran.












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