Ante
el eclipse. Arqueologías del arte en México
Blanca
González Rosas / 21 agosto 2026 / museos
Sin rigor curatorial, la exposición que presenta el Museo Tamayo Arte Contemporáneo es reduccionista y carente de credibilidad.
Vista de sala. Al fondo obras de Diego Toledo y Yolanda Gutiérrez. En el centro, Juan Francisco Elso. En la pared de la derecha, Thomas Glassford y James H. D. Brown. (Foto tomada del boletín del museo)
Ante el eclipse. Arqueologías del arte en México, es una muestra que no cumple con el tema que plantea en la cédula introductoria. Organizada con motivo del 45° aniversario del Museo Tamayo, la exhibición propone “regresar al contexto cultural de los primeros años” del recinto con obras realizadas entre 1981 y 1991 por artistas que, “durante la década de los ochenta, exploraron México a través de una mirada incisiva sobre el pasado prehispánico, el territorio, lo popular y la transición del país hacia la globalización”. El período establecido responde a la apertura del museo en 1981 y el fallecimiento de Rufino Tamayo en 1991.
Sin
embargo, la mayoría de las piezas exhibidas fueron realizadas de 1988 a 1993. Una reducción que convierte la década a sólo
dos años. Un reducción sumamente lamentable ya que los años ochenta se
caracterizan por el vigor creativo, diverso y plural del arte joven mexicano;
un término que se definió en 1981 a través del concurso institucional
denominado Encuentro Nacional de Arte Joven. Y aun cuando había propuestas
postconceptuales, neográfica y muy interesante fotografía de autor, la gran
protagonista de la década fue la pintura. Una escena artística que no registra
la muestra en cuestión.
Centrada
en artistas postconceptuales que adquirieron protagonismo a partir de los años
noventa, la presencia de pintores es escasa -aproximadamente 12 autores en un
total de 60 firmas- y las obras no reseñan el vigor pictórico que se desarrolló
en la década ochentera. Una decisión curatorial cuestionable ya que en sus
primeros años, el museo sí incluyó pintores en su programación.
En 1985, en la exposición 17 Artistas de hoy en México, participaron Alejandro Arango, Javier de la Gara, Sergio Hernánde, Jazzamoart, Rocío Maldonado, Alberto Montaño, Magali Lara, Roberto Turnbull y Germán Venegas. Los tres últimos sí se encuentran en la exposición Ante el eclipse. Sin embargo, en el caso de Venegas, los tres pequeños paisajes realizados en 1988, no describen el vigor cromático y la temática de resignificación popular que tuvo tanto su pintura como lo que entonces se denominó escultopintura. Lo mismo sucede con Rubén Ortiz, de quien no se exhibe ninguna de sus espléndidas pinturas que, a través de composiciones deconstruidas, remitían a los distintos imaginarios de la cultura mexicana -como La persistencia de la memoria de 1986-. Las ausencias pictóricas son numerosas, entre ellas, Javier de la Garza, Gustavo Monroy, Rocío Maldonado, Arango, Helio Montiel, Saúl Villa, Julio Galán. En este contexto pictórico, dos obras delatan discretamente el vigor pictórico de esos años: De las pequeñas heridas cotidianas. La tarde, realizada en 1986 por Mónica Castillo y Vida morelense (1988-1989) de Cisco Jiménez.
Mónica Castillo, de la serie De las pequeñas heridas cotidianas. La tarde, 1986, óleo sobre tela (Foto BGR
Cisco Jiménez, Vida morelense, 1988-1989, acrílico y tinta sobre yute. (Foto BGR)
Mario Rangel, Sin título, 1985, lápiz sobre cartón (Foto BGR)
Beatriz Ezban, Serie Ermitaños urbanos, 1985, grafito sobre papel (Foto BGR)
Como
ya se mencionó, la exposición se centra en prácticas postconceptuales que
iniciaban su presencia en los últimos años ochenta y que, en la década de los
noventa, se institucionalizaron y legitimaron. Por lo mismo, sorprende la
ausencia de Eloy Tarsicio y Michael Tracy ya que fueron pioneros de esas
expresiones. El primero, un joven artista
mexicano que desde 1981 sorprendió con expansiones pictóricas y escultóricas
realizadas con elementos naturales típicos de México, como pencas de nopal y
maguey. Tutor y amigo de Tarsicio, el norteamericano y muy tejano Michael Tracy
(1943-2024), además de sobresalir con instalaciones escultóricas que
interpretaban la religiosidad popular mexicana enfatizando la relación entre lo
profano y lo sagrado -a través de apropiaciones de objetos y referencias litúrgicas
que enfatizaban la sacralidad con dramáticos tonos magenta y dorados-, también
fue un personaje relevante en la comunidad artística que se formó en la
transición de los ochenta a los noventa en el centro histórico de la Ciudad de
México. Además de haber sido quien introdujo a Thomas Glassford en la escena
mexicana, con base en lo que comenta Eloy Tarsicio, su casa en la calle de Primo
Verdad fue punto de reunión para artistas nacionales y extranjeros que habitaban
esa zona.
La
convivencia entre creadores interesados en las prácticas postconceptules fue
notoria desde principios de los ochenta.
Eloy Tarsicio como alumno de Michael Tracy; Cisco Jiménez en cercanía
con Jimmie Durham (USA 1940- Alemania
2021); Adolfo Patiño, Carla Rippey, Magali Lara, Juan Francisco Elso y Jimmie
Durham como compañeros de experiencias -una fotografía en la exposición lo
comprueba-; y a partir de 1992, el grupo de artistas y curadores que Francis
Alys registró en dos grupos retratísticos que se exhiben en la muestra y en los
que se encuentran Osvaldo Sánchez, Guillermo Santamarina y Cuauhtemoc Medina. La relación entre postconceptuales y
mediadores fue esencial para el posicionamiento de estos lenguajes.
Entre
las obras postconceptuales realizadas a partir de 1988, destaca la instalación El
Vuelo (1989) de Silvia Gruner. Realizada en referencia a las aves
que murieron por contaminación en la Ciudad de México, la pieza está
configurada por numerosas siluetas de palomas de caucho color negro. Al ver la
pieza, es inevitable no pensar en las muy conocidas mariposas negras de Carlos
Amorales.
Silvia Gruner, El vuelo, 1989, caucho
Aun cuando no es una pieza tan espectacular como sus esculturas con varas, El Viajero (1986) de Juan Francisco Elso es un acierto. Además de recordar el protagonismo que tuvieron en esos años algunos artistas cubanos -como José Bedia que también está en la muestra-, representa una espiritualidad que fusiona naturaleza, pensamiento y corporeidad.
Confusa
en su narrativa, la exposición contiene piezas que requieren una justificación
para ubicar su pertinencia curatorial: la instalación Rastra de Diego
Toledo producida en 1993, la escultura colgante de Yolanda Gutiérrez realizada
con escápulas de res, y la instalación Arqueología moderna, 2026, creada
este mismo año por Mauricio Maille y Mauricio Rocha. Además de que no coincide con el periodo
establecido por los curadores, Arqueología moderna, 2026 es una
instalación estructurada con polines y cuñas de madera que, con base en su
cédula, hace referencia a los edificios que están a punto del colapso y deben
apuntalarse, al terremoto de 1985 y a las estructuras utilizadas en
excavaciones arqueológicas. Si su concepto se centra en la utilidad de los andamios,
¿por qué es tan parecida a la espléndida instalación que, bajo el título de Apuntalamiento para nuestras ruinas
modernas, produjeron los mismos autores con Gabriel Orozco en 1987? Instalada
en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, el museo fue la ruina moderna que apuntalaron.
Una osadía de pensamiento posmoderno, con la que ganaron el primer lugar en la
primera edición de la Sección de Espacios Alternativos del Salón Nacional de
Artes Plásticas.
Curada por Andrea
Torreblanca -directora del museo- y Marco Sánchez Blanco, Ante el eclipse.
Arqueologías del arte en México, es una muestra discrecional que debilita la
credibilidad del museo.
Mauricio Maille, Mauricio Rocha. Arqueología moderna, 2026, (Foto BGR)
Gabriel Orozco, Mauricio Maille, Mauricio Rocha. Apuntalamiento para nuestras ruinas modernas, 1987, Museo de Arte Moderno CDMX (Foto publicada en el facebook de Mauricio Rocha)




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